Tensión en la Red: libertad y control en la era digital

Desde que trabajo temas en relación con la tecnología digital, no poca gente me consulta qué celular o tablet debería comprarse, si el nuevo modelo de iPhone/Samsung/Motorola ya se consigue en el país o qué defiición tiene su pantalla.

Y cuando me muestran el celular “viejo” en vías de abandono, este suele superar en potencia al que descansa en mi bolsillo y que mantengo por una razón que puede parecer algo ingenua: satisface mis necesidades de comunicación. Claramente, desde el punto de vista de quienes me interpelan, un “experto en tecnología” es también un fanático de la novedad.

La faceta consumista de la tecnología, sobre todo de los dispositivos digitales y de los servicios que se lanzan al mercado permanentemente, está sabiamente fogoneada por el marketing hasta el punto de soslayar prácticamente todas las demás facetas. Entre las dimensiones opacadas está, por ejemplo, su rol fundamental en ciertas dinámicas sociales novedosas, en la distribución del poder/información y, también, en la forma en que se generan ganancias. Apenas se ha instalado recientemente un debate acerca del lugar de los países del Tercer Mundo en una red de redes, valga la paradoja, muy centralizada. Pocas personas se preguntan por qué un mail enviado a un vecino cruzará todo el continente hasta llegar a servidores alojados en los Estados Unidos para luego hacer el recorrido inverso y, fialmente, aparecer en una pantalla a escasos kilómetros o metros de su origen. ¿Cuánta gente se pregunta qué consecuencias tiene esto? ¿Debería preocuparlos? Tanto confort en el bolsillo para “ahorrar tiempo” (un concepto complejo y discutible), no perdernos, mantener contacto con amigos, tomar decisiones, resolver dudas, conseguir trabajo o novia/o, tiene su precio. Sobre todo cuando tanta comodidad implica ceder alegremente grandes cantidades de información.